dijous, 14 de juliol de 2016

La disparé hace 5.110 días


Aunque trabajar con grandes presupuestos tiene sus ventajas, debo decir que a veces suele ser gratificante moverse, también, en el territorio de lo mínimo, ya que no hay nada grande que no lleve en su germen lo pequeño. Porque lo pequeño lo podemos crear, saborear…, a lo pequeño podemos acercarnos sin miedo, casi con ternura, con ganas de apoyar, de participar…, y lo grande, lo inmenso no es nuestro, es de ellos, de los otros. 

La disparé hace 5.110 días y la dotación presupuestaria que disponía era lo más parecido a la canción “Mister Celofan” que canta John C Reilly en la película Chicago o sea invisible, transparente, escasísima… Sabía que no estaba ante un cliente tacaño, que los hay en abundancia y con el tiempo uno aprende a detectarlos nada más verlos, sino ante un propuesta atractiva que simplemente requeria un buen, excelente, conveniente… plan de ejecución. 

Me pareció un buen ejercicio y acepté el reto, previo análisis, de donde podría realizar las sesiones fotográficas y de mutuo acuerdo con mi equipo de colaboradores habitual. 
Seleccioné a Natalia Diotti como modelo, precisamente, por su look nada espectacular, pero si con cierta elegancia en sus movimientos y ninguna pizca de sofisticación, con una aptitud ante cámara natural, directa, sincera y sin complejos que me encajaban a la perfección, ya que deseaba que nada, inclusive ella, destacara respecto al resto de los elementos que intervenían en la composición de los originales fotográficos. 

Solucionado el tema modelo que en cualquier sesión de moda es básico, me centré en la localización. El espacio debía ser el máximo de pragmático, puesto que mis recursos eran exiguos y por eso finalmente opté por trabajar en el almacén de Zeferino -empresa de alquiler de equipos de iluminación para rodajes-, ya que así podia destinar parte presupuestaria de gastos de alquiler de furgoneta para transportarlos a otros menesteres. 

Resultó ser una idea excelente, ya que, para un fotógrafo, tener a mano todo lo imaginable respecto a equipos de iluminación sin haber tenido que elaborar una lista previa es como viajar a Disneyland para un niño, supongo. 

Decidí trabajar, cámara en mano, con film Blanco i Negro de 100 Asa, que me permitía jugar con las velocidades de obturación para crear movimiento visible en partes de la foto, y en otros originales jugar a fondo con la poca profundidad de campo. 

Empleé como iluminación un sólo spot fresnel de tungsteno, sin apantallar ni filtrar, porque la temperatura de color no me incidía en el film B/N, y el componente rojizo de la luz me aclaraba muy ligeramente los tonos de piel de la cara en los primeros planos. Al ser una luz cinematográfica muy dura, también me contrastaba la imagen sobreexponiendo los tonos metálicos de algunos equipamientos del almacén, que estaban en el fondo, creando una amalgama de luces y sombras que conferían volumen a la imagen. 

El amplio espacio destinado a la carga de camiones de rodaje me facilitaba utilizarlo como un plató de grandes dimensiones pudiendo, sin restricciones, utilizar todo tipo de teleobjetivos. Sólo cabe ser agradecido con Luis y Manuel de Zeferino, los directores de fotografía, y los eléctricos que en todo momento se olvidaron del estorbo que les producía la sesión, en sus movimientos de carga, para los muchos rodajes que aquel día tenían que preparar por el almacén. 

Fueron, al menos así las recuerdo, unas sesiones, básicamente, diferentes, distintas, incomparables… a cualquier otra que hubiera realizado con anterioridad, ya que al acercarme a lo mínimo (el presupuesto) sin miedo y con creatividad e imaginación logré superar el reto aceptado.