dilluns, 26 de maig de 2014

Flashback 241

En El Cairo tuvimos que pasar varios días para reponer fondos hasta poder embarcar dirección Venecia, lo que nos permitió ejercer de turistas. Nos instalamos en una pensión de la plaza Tahirir que nos recomendó, por precio y situación, un solitario viajero americano que hizo parte de su viaje por Sudán con nosotros. 

Las pirámides de Keops, Kefren, Mikerinos y la Gran Esfinge fue nuestra primera visita y dada la poca afluencia de turistas, cosa que nos sorprendido, andamos libremente por todas partes; accedimos a la cámara mortuoria de Keops por el empinado y estrecho pasadizo de paredes rezumantes de sudor condensado; escalamos los grandes bloques de la pirámide y alquilamos unos camellos con los que hacíamos carreras mientras sus cuidadores no seguían corriendo y gritando tras nosotros. 
Visita obligada fue el Museo Egipcio, cuya entrada pagamos con carnet de estudiante, donde disfrutamos de los preciosos objetos expuestos. La máscara de Tutankamon me fascinó tanto como las esculturas de escribas y dignatarios en barro o madera policromada; y aunque en aquella época parecía más un almacén que un museo el tiempo que le dedicamos fue bien empleado. También visitamos la mezquita de Al Arham dominando la ciudad vieja y casí llegamos a acostumbrarnos a las voces de los almuaicines, que desde los numerosos minaretes esparcidos por el Cairo llaman a su feligreses a la oración dotando la atmosfera de la ciudad de un toque muy especial. 

Desde la ventana de la pensión a primera hora de la mañana, en la plaza Tahirir, pudimos ver como la gente gritaba y tiraba piedras a las formaciones de la policia antidisturbios que, armada con largos palos y escudos, iba arrinconando a la enardecida masa de manifestantes que también ocupaban los pasos elevados. 

Nuestra estancia en El Cairo se terminó con la llegada de los fondos y al fin nos libramos del restaurante por el que comíamos por 0,018 €, pero de lo que no nos libramos fue de empujar el Land Rover por las calles de la ciudad, ya que éste solia pararse muy a menudo y la única alternativa era empujarlo hasta que arrancaba. No recuerdo las veces que tuvimos que hacerlo, pero así fue como abandonamos El Cairo y tomamos dirección Alejandría.