dilluns, 19 de setembre de 2011

Flashback 111

La entrada principal de una casa de labranza acostumbra a ser una almacén provisional de los utillajes propios de la vida en el campo donde se pueden reunir las cosas más inverosímiles que podamos imaginar.

En dependencia próxima, casi siempre encontramos una habitación oscura, sin ventilación o excepcionalmente con un muy pequeño ventanuco que se acostumbra a denominar “botiga” donde se guardan grano, pienso, sacos, y productos varios para el normal desenvolvimiento de los trabajos agrícolas.

Lo que me llamó la atención en esta entrada fueron las pieles de conejo que se estaban secando a la sombra, colgados de unos palos suspendidos entre las bigas y con pequeños bastoncillos en extremos y puntas para mantener plana la tensión de la piel.

Mi abuela, Lola, tenia algunos conejos en su patio y de pequeño pasaba mucho tiempo con ella y recuerdo la cantinela del peletero ambulante con la que anunciaba su paso “el pellaire… hi ha cap pell de conill…” estos señores pasaban regularmente por las casa de campo y pueblos comprando las pieles de conejo que las familias secaban, siempre a la sombra, para no ser estropeadas por el Sol, que recalentaba las pequeñas partes de grasa residual que quedaba en la piel estropeándola. Una vez seca, se convertía en un cuero que procesaban en las tenerías especializadas en curtir piel de pelo para abrigos y complementos de vestir.