dilluns, 5 de març de 2012

Flashback 135

En nuestro avanzar un dia nos tropezamos, digo tropezamos porque estaba completamente aislada de todo, con una pequeña construcción hecha con cuatro resecos troncos, paja y ramas -nunca entendimos donde había encontrado dichos materiales en medio del desierto-, unas telas, pieles, sacos y alguna raída alfombra en el suelo, dos viejas palanganas, unos trozos de metal como paravientos para poder encender el fuego entre otros enseres. 

Aparcamos y su propietario nos dio la bienvenida ofreciéndonos un sabroso y reconfortante té endulzado con azúcar de un gastado pilón -que al más puro estilo árabe iba desmenuzando y añadiendo a la tetera, sirviendo éste desde lo alto con gran maestría y precisión en los cuatro, únicos, vasos que tenía-. Pasamos un buen rato, aprovechamos al máximo la sencilla hospitalidad que nos ofreció, mostrándonos, a la vez, con lo poco que se puede vivir. Él se suministraba e informaba a través de los transportistas y viajeros que ocasionalmente podían pasar o tropezar con su vivienda, y parecía tener lo necesario. Ante la parquedad que lo circundaba le ofrecí -dentro de nuestras posibilidades- cualquier cosa de las que pudiéramos facilitarle: rechazo muy ofendido el dinero y ante mi insistencia en “regalarle” algo, que no “pagarle” el té, finalment me dijo… “si tienes una caja de cerillas, me iría muy bien”, definitivamente una gran lección. 

La avaricia de poseer que tenemos en la llamada zona primer mundo no tiene límite ni parangón, el valor real que tienen las cosas y objetos en otras zonas ( mal llamadas tercer mundo ) son la prueba de que el valor está en la utilidad de dichas cosas u objetos, ¿ para qué quiero algo que no me sirve y que ni tan siquiera me interesa ? me lo pregunté aquel lejano día y sigo preguntándomelo.