dimarts, 22 d’octubre de 2013

Flashback 218

Estábamos circulando en plena reserva Masai y a menudo veíamos pequeños emplazamientos de habitáculos diseminados por la seca sabana. Las chozas eran construcciones bajas, semicirculares, con un armazón precario de madera cubierto de barro y excremento de ganado. El habitáculo estaba protegido por un cercado espinoso que guarda el ganado y protege de depredadores. Los Masai, antaño, al llegar a la pubertad debían cazar un león armados sólo con una lanza y un escudo de piel de vaca para pasar al grupo de guerreros, son orgullosos; su vestimenta acostumbraba a ser una tela roja envolviendo el cuerpo, sandalias de cuero que sujetan con una tira de cuero en el dedo gordo y la atan entre el empeine y el talón; usaban joyería de plata en orejas, brazos y pelo y no era difícil ver algún cuboflash en las orejas como un elemento más en su atretzzo. 
Solían andar por la sabana en parejas o en pequeños grupos con sus lanzas y sus palos, y si alguna vez decidían usar el autobús se niegan a pagar por el simple hecho de que són Masais, y nadie osaba decirles nada. 
Mi experiencia Masai no fue turística, no contraté ningun baile para fotografiarlo, ni saqué shilling alguno de mi bolsillo, hablamos siempre de tu a tu a pie de pista con mi precario swagili y manteniendo siempre respeto por la personalidad fuerte y peculiar de este pueblo.