dilluns, 30 de setembre de 2013

Flashback 215

Entramos en el parque nacional del Serengeti por una ruta apenas transitada por los turistas, y he de decir que jamás, ni en pleno desierto, he comido tanto polvo como en esta pista. 
La ventaja de este itinerario era la ausencia de controles, lo que nos permitía pasar por donde quisiéramos, y a pie recorrer parte del territorio. En una de estas paradas divisé un león acostado bajo un árbol, no muy lejos de donde habíamos parado con el Land Rover, sin mediar palabra tomé la cámara y me dirigí directo hacia el árbol, con paso decidido y sin titubear, desatendiendo los gritos de los compañeros que me decían que regresara. El león, supongo, que me vió tan decidido que se levanto, me miró con desdén y me dió la espalda, pero al momento se levantaron dos más que no había visto por lo que opté por una retirada honrosa. 

Tenía sed de fauna y en otra parada, explorando el terreno, descubrí una poza de agua, situada a unos tres o cuatro metros más baja desde mi situación, llena de cocodrilos. Me situé en cuclillas justo en el borde entre la poza y unos matorrales bastante densos, como un buen fotógrafo de naturaleza, decidido a esperar pacientemente a que alguno de ellos emergiera del agua para fotografiarlos, ya que los cocodrilos todos estaban semi sumergidos. El resto del equipo me estaba buscando y no paraban de gritarme, pero yo interesado en la captura fotográfica me mantenía quieto y callado. Transcurrido un buen rato, de pronto un fuerte, intenso y demasiado cercano ruido provocado por un gran varano que pasaba a pocos centímetros de mi, me dejó paralizado –se me heló la sangre y un repentino sudor empapó todo mi cuerpo- respiré profundamente y dejé la aventura de los cocodrilos para otra ocasión y, cuando las piernas me obedecieron regresé con el grupo.