dilluns, 27 de gener de 2014

Flashback 230

Teníamos prisa por llegar a casa y quemábamos los kilómetros, por docenas, en una ruta donde no nos cruzamos con ningún otro vehículo. Aunque estábamos circulando por territorio Samburu las pocas fotos que tomé fueron desde la ventanilla del copiloto, ya que como favor especial me detenían, unos segundos, el Land Rover para que ésta no saliese movida, aunque solían recordarme que a mí ya me gustaban las fotos movidas y que a veces, incluso, las hacía así a propósito. 
Los Samburu son primos hermanos de los Masai del sur, de los Turkanas del oeste, y algo menos belicosos, pero no siempre es fácil distinguirlos. Viven del ganado, se alimentan de leche, siempre van con su lanza, protegiendo la punta con un pom pom negro, un palo y un machete mientras acompañan al rebaño. 

En una parada técnica descubrí entre las depauperadas acacias a un elefante macho solitario al que decidí acercarme, a pie, para tomarle unas fotografías. Las pautas de aproximación fueron las correctas: avancé a favor del viento, despacio, con todo preparado, sin movimientos bruscos a pesar de las pinchadas de las acacias…, pero el paquidermo me descubrió, me miró fijamente para intimidarme, y como yo no me intimidé, empezó a batir las orejas y rascar el suelo con las patas, indicándome, de manera seria y potente, que no le apetecía tenerme tan cerca en su territorio, ante tales muestras retrocedí lentamente sin perderlo de vista, llegando al Land Rover con las pulsaciones aceleradas, ya que por mucho que los hayas visto en plena libertad imponen enormemente cuando los miras cara a cara en un tramo espacial muy corto, que los puedes oler y el polvo que levantan sus patas te llega a los ojos. Más adelante divisé a lo lejos alguna que otra manada de elefantes bajo la sombra de las acacias a los que fotografié de lejos, pero la fauna no abundaba, ya que el territorio por el que circulábamos era de gran pobreza y escasa vegetación hasta llegar a la frontera de Etiopia.